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Título de sección "Sabores, viajes y encuentros"

Venerada Jerusalén

La tierra sagrada encierra los principales santuarios judíos, musulmanes y cristianos. Pero Jerusalén esconde todavía mucho más entre las murallas de la Ciudad Vieja, las calles de piedra, los aromas de especias y las plegarias en infinitos idiomas. Un descubrimiento para hacer con la espiritualidad a flor de piel, más allá aún de creencias y religiones.

Por María Adrover

Jerusalén

Antigua. Moderna. Mística. Violenta. Ardiente. Plena de pasiones, seno de luchas, odios, plegarias, símbolos religiosos, tensiones políticas y espiritualidad. Contrapuntos irreconciliables que, sin embargo, se reúnen en Jerusalén, la ciudad considerada sagrada por tres grandes religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islamismo.

Construida íntegramente en piedra calcárea, Jerusalén reverbera suavemente bajo el sol de los montes de Judea, entre el Mediterráneo y el Mar Muerto. Quizás sea difícil descubrir en ese lugar tantas veces conquistado y reconstruido, a la ciudad de Jesucristo. O no. En el ajetreo de los mercados árabes, donde se venden especias perfumadas, dulces almibarados, souvenirs, mantas de colores, ropa, inciensos y cerámicas pintadas a mano, los lugares santos perviven debajo de los gritos, aromas y multitudes. Una energía que sienten en el cuerpo creyentes y no tanto. Porque hay algo allí, tan palpable como inexplicable en palabras, que sacude las entrañas.

La Ciudad Vieja está dividida en cuatro barrios, Musulmán, Judío, Cristiano y Armenio. Allí emergen el principal lugar religioso del cristianismo: la Iglesia del Santo Sepulcro. Rodeada de de capillas, envuelta en nubes de incienso, iluminada por lámparas, entre muros de mármol, se llega finalmente a la piedra donde debió descansar el cuerpo de Jesús. El Santo Sepulcro es custodiado por distintas confesiones de raíz cristiana, como ortodoxa griega, católica romana, siria, copta y jacobitas.

Por allí desfilan, entre oraciones, miles de cristianos que, además, llevan sus plegarias por la Vía Dolorosa, que Jesucristo recorrió con la cruz a cuestas. Aunque no todo es recogimiento en el Via Crucis: el camino atraviesa tiendas y mercados árabes, y los rezos se mezclan con los voceos de los vendedores.

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Ciudad dividida

Si lo que se busca es tranquilidad, una paz milenaria reina en el jardín de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos. El lugar pertenece hoy a los franciscanos y es allí donde estuvo Jesús con sus discípulos. También desde ahí se observa una gran vista de las murallas, entre las que sobresale la cúpula dorada de la Roca, ubicada en el centro de la Explanada de las Mezquitas.

A la vieja ciudad amurallada abren paso siete puertas. Pero existe una octava, la Puerta Dorada, que permanece sellada mientras espera la llegada del Mesías. Fue cerrada en 1541 por Solimán el Magnífico, quien la mandó tapiar para impedir el acceso al Mesías, que según la tradición debe entrar por ella el Día del Juicio Final. Por esa puerta Jesucristo entró en Jerusalén montado en un burro, el Domingo de Ramos. Hoy, a los pies de este portal lacrado, en el exterior se extiende un cementerio musulmán.

En el Barrio Judío se encuentra uno de los sitios más sagrados del judaísmo, el Muro de los Lamentos. Se trata de vestigios del Templo de Jerusalén, de unos 80 metros de longitud, donde hombres y mujeres elevan sus oraciones. Pero separados. Cada grupo a un lado de una valla. Las plegarias son acompañadas con suaves balanceos: se reza con todo el cuerpo.

Jerusalén no es sólo santuario de cristianos y judíos. Para los musulmanes es la tercera ciudad Santa del Islam, después de La Meca y Medina.

Por ello, en esa pequeña y mística Ciudad Vieja, cada contraste, color, cultura, y religión, hacen de ella un lugar único en el mundo. Pero Jerusalén encierra mucho más que historia y tradiciones milenarias. Como grandes desarrollos inmobiliarios y su avanzada tecnológica.

Una visita impostergable es al Museo del Holocausto, en cuya entrada hay árboles de algarrobo con un mensaje espiritual: es el único cuyas semillas tienen igual tamaño (fueron el patrón original del quilate). La entrada es gratuita y conviene visitarlo con tiempo, para completar el recorrido que incluye el conmovedor Children´s Memorial, en recuerdo de los 1,5 millones de niños muertos durante el holocausto.

Otra gran atracción son Los Manuscritos del Mar Muerto o Rollos de Qumrán, que se encuentran en el Museo de Israel. Se trata de una colección de alrededor de 800 escritos de origen judío, escritos en hebreo y arameo, por integrantes de la congregación judía de los esenios, entre150 AC y 17 DC. Fueron encontrados en once grutas en los alrededores del mar Muerto.

Por la noche, es imperdible un paseo por la calle Ben Yehuda, el corazón de Jerusalén. Es el centro comercial comercial, escenario de eventos importantes y el lugar donde mirar pasar y divertirse a los habitantes de la ciudad. En especial los sábados a la noche, cuando los bares abren y la zona se llena de jóvenes que fuman narguile en las mesas al aire libre, entre amigos.

En Jerusalén, la convivencia entre culturas es tensa, los controles permanentes y las discordancias entre los pueblos, una constante. Intensidad es una palabra que podría definir este pequeño lugar, amado, deseado, disputado y venerado. Para descubrirlo en carne viva.

 

Delicias

Israel recibe más de dos millones de turistas al año. Tiene una extensión de 500 km de largo por 90 km de ancho, y el 80% de sus habitantes son judíos. El turismo religioso abunda, aunque son muchas las atracciones de este país.

De paso por allí es inevitable deleitarse con sus comidas, a menudo conocidas por los argentinos. Como un verdadero falafel al paso (croquetas de garbanzo en pan de pita con ensalada) o un shawarma con humus, carne, ensalada y salsas por unos u$s 7. De postre, masas almibaradas con pistachos, almendras y castañas de cajú.

 


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